Muestra

Primera muestra

La dedicatoria

Ramón Edelyv

La dedicatoria

Hemos llegado muy lejos para dejarlo todo atrás.

 

Andrés iba corriendo tras ella.

Al escuchar los galopantes pasos pasar frente a su casa, Sandra se asomó a la puerta.

—¿Y a estos dos que les pasa? —dijo en voz baja para sí.

Andrés Duval era uno de los adolescentes más guapos de la cuadra. Llevaba el cabello largo, no muy liso, pero sí muy bien cuidado (sus amigas lo ayudaban a hacerlo). Llamaba la atención lo grande y expresivo de sus ojos y ese color miel que atraía con fuerza. Su nariz pequeña, no perfilada, delineaba una pequeña y redonda boca de labios carnosos que provocaban. Ya se lo habían dicho muchas veces.

Carmen Alicia, la chica tras la cual corrió Andrés, era su novia no declarada. Carmen Alicia lo había perseguido por mucho tiempo. Vivía en otro sector de la urbanización con una de sus hermanas, la mayor. Su madre, que residía en un pueblo a cuatro horas de allí, la había enviado con su hermana para que estudiara en un colegio público.

Carmen Alicia le había confesado a Andrés que estaba enamorada de él. Y dónde él estaba, ella aparecía. Carmen Alicia tenía muy buenas piernas, un detalle imposible de notar.

La noche anterior, como era habitual, Andrés andaba con Rodrigo, su mejor amigo. Habían sido invitados a una pequeña fiesta en casa de los Castro, justo al lado de donde vivía Carmen Alicia. Luis Castro estudiaba con Andrés en segundo de bachillerato.

Por supuesto, cuando llegó, Carmen Alicia fue a su encuentro y con una gran sonrisa lo saludó y lo invitó a sentarse a su lado, él accedió. Rodrigo prefirió hacerlo al lado de Marbelys, hermana menor de Luis.

A sus catorce años, Andrés era un adolescente muy tímido, un rasgo que lo acompañaría por muchos años. Carmen Alicia lo invitó a bailar una balada de moda y siendo un caballero en ciernes, consintió y bailaron once canciones seguidas.

Al día siguiente, en la tarde, Carmen Alicia nuevamente, sin invitación y sin aviso, fue a la casa de Andrés. Todo estaba bien mientras hablaban; pero súbitamente, ella comenzó a llorar diciéndole que ella lo amaba y que él, aunque no tenía novia, no le hacía caso. Acto seguido, salió corriendo.

Andrés, sintiéndose culpable, fue corriendo tras ella. La alcanzó en el estacionamiento que estaba una calle más abajo. Ella se dejó abrazar y, sin preguntar, decidió besarlo. Para su sorpresa, sintió la lengua de Carmen Alicia intentando penetrar sus labios cerrados; los abrió levemente y ese fue su primer beso francés.

Esa relación no duró más de tres meses, Carmen Alicia un día le dijo que se regresaba a la casa de su mamá y tenían que terminar. No explicó el motivo y aunque Andrés le pidió que no lo hiciera, ella se fue y nunca más la vio ni supo nada de ella. Solo dijo:

—Tanta alharaca para nada.

 

 

Carlos, no era su amigo, era uno más de los chicos de la cuadra. Carlos vivía con su abuela, una señora de casi ochenta años a la sazón. También residían allí su hermano menor y Daniela, una de sus cuatro hermanas.

Su padre, quien había sido adoptado por quien todos llamaban la abuela, los visitaba cada tres o cuatro días. Les llevaba bolsas de mercado y lo que fuera menester.

Su padre, había pasado por tres matrimonios; por esa razón, tenía allí a esos tres hijos residenciados a tres casas de la de Andrés. Otras dos estaban en la capital y una más, en una pequeña ciudad, a una hora y treinta minutos de la capital. Él vivía en una casa, al otro lado de la ciudad, con su actual esposa y dos niños pequeños.

En una oportunidad, Carlos, había hecho referencia al resto de sus hermanas: Valeria, Sandra y Carlota. También comentó que, pronto, Sandra se mudaría con ellos.

 

Andrés, no era el mejor estudiante, pero aprobaba sus materias. Tenía suerte con las chicas, aunque su timidez le impedía darse cuenta, y mucho menos, decírselo a las que le gustaban a él, que eran dos. Otra cosa a favor, era que adoraba escribir y las jóvenes se deleitaban con lo que escribía.

Hubo una temporada en la que, unas casas más abajo, se mudó una familia donde había varias chicas; en realidad, mayores que él, excepto la última. Eran cuatro hermanas, todas ellas con nombres de países. Los chicos mayores de la cuadra, enseguida les “cayeron”. Un par de meses más adelante, Andrés tendría un affaire con Holanda, la menor de ellas.

Un buen día, Andrés bajaba por la calle, y miró a una joven en shorts que barría el frente de la casa donde vivía Carlos. Le pareció que era muy bonita. Tenía un cuerpo esbelto y unas hermosas piernas. No pudo dejar de mirar sus firmes y de buen tamaño senos. Era Sandra.

Por un tiempo, nunca se hablaron ni se saludaron, aunque él siempre la miraba. Le parecía que tenía un cuerpo espectacular, desarrollado para su edad, catorce años a la sazón. Andrés tenía quince.

En las oscuras y frías madrugadas, cuando se tocaba, se preguntaba. ¿Quién se irá a acostar con Sandra?

Una tarde, se había interrumpido el fluido eléctrico, todos los vecinos estaban en la calle hablando. Algunos decidieron improvisar unos faroles con velas para continuar la tertulia en la calurosa noche que se aproximaba.

Andrés se acercó a la reunión. Él y Sandra cruzaron miradas. Aunque se habían visto en silencio, sin que el otro se diera cuenta. Esa fue la primera vez que estuvieron cerca. Ella sonrió, él también lo hizo y se hablaron. Uno de sus amigos le hacía leves señas para que entendiera que él le gustaba a Sandra, pero Andrés no lo creía posible.

Así pasaron un par de meses, apenas con muy esporádicos y tímidos escarceos.

Se hablaban cuando se daba la oportunidad y coincidían en los grupos, generalmente en las noches.

Daniela, la hermana mayor de Sandra, le había dicho directamente a Andrés que su hermana gustaba de él.

Ambos intentaban acudir a las tertulias de nuevos vecinos que llegaban a esa nueva urbanización de clase media baja. Al poco tiempo, sin darse cuenta, estaban ambos sentados en algún lado de la acera, hablando entre ellos.

Un día Sandra comentó que se iría definitivamente. Regresaba con su madre. Un evento que sucedería en una semana.

La noche anterior a su viaje de retorno, estaban Sandra y Daniela sentadas frente a su casa en sendas sillas del comedor. Andrés, rumbo a su casa, pasó frente a ellas y las saludo.

—¡Hey, Andrés! —gritó Daniela— ¡Sandra se va mañana!

Él se detuvo.

—¿Mañana?

—Sí, mañana en la mañana —continuó Daniela— ¿No te vas a despedir de ella?

Andrés fue hacia donde estaban sentadas y se plantó frente a Sandra. Nunca supo que fuerza lo impulsó a hacerlo, no era su estilo, tampoco nadie se lo preguntó jamás, tal vez fue una manifestación de serendipia; pero acercó su cara a la de Sandra y adhirió sus labios a los de ella dándole un intenso beso que hizo que ella se estremeciera. Sandra acarició con su lengua la de él, algo deseado por ella… por ambos.

Ese primer beso duro once segundos.

Al separarse en la penumbra, ambos se miraron. Sandra estaba sonrojada mirando lo que ella pensaba era el más bello rostro que había visto en su vida. Andrés, no tenía una expresión definible.

—Que te vaya bien Sandra.

Solo dijo eso y se fue.

Ella no respondió, se quedó pensativa mirando a su hermana que sonreía.

 

Al otro día, a eso de las nueve de la mañana, Andrés estaba en el colegio. Era una clase de Historia Universal a la que no estaba prestando atención. Sus pensamientos estaban concentrados en Sandra y en lo que había sucedido la noche anterior. En realidad, no era extraño, en virtud de que tenía ya unas semanas en la que se dispersaba su atención por pensar en Sandra.

Su salón, segundo B, estaba, justo al lado de la calle; no la avenida principal donde estaba la puerta del colegio, era en una calle secundaria de poco tráfico. Reconoció el sonido del automóvil del papá de Sandra, en virtud de que él estacionaba en la parte de arriba, muy cerca de la casa de Andrés, y este distinguía el ruido del motor. Nunca se habían saludado; en realidad, el padre de Sandra no saludaba a nadie.

Al escuchar el vehículo, su corazón se puso chiquitito, sabía que allí iba ella. Sintió en su alma la privación de un amor intuido, pero que no poseía.

Entendió que estaba enamorado.

Se arrepintió de no haberle dicho nada antes o dar los pasos necesarios en ese sentido. Recordó la partida de Carmen Alicia, con la “pequeña” diferencia de que él si estaba enamorado de Sandra.

Un poco después del mediodía; volvía con sus cuadernos, su pantalón caqui y la guayabera beige de su horrible uniforme escolar, cuando se encontró a Carlos. Este lo saludó levantando la cara.

—¿Se fue Sandra? —le preguntó, aunque él sabía la respuesta.

—Sí. Mi papá la vino a buscar temprano.

En realidad, no había ninguna razón por la que Sandra cambiara de opinión, después de todo, hacía unas semanas que lo había anunciado y Carlos ahora lo confirmaba.

Lo miró con un dejo de tristeza en sus ojos, como habría dicho Sandra: “con ojos de perrito”. Bajó la cabeza y continuó su camino.

Unos segundos después, escuchó nuevamente la voz de Carlos:

—¡Mentira, pendejo, no se fue! —gritó sonriendo—. Cuando vino mi papá, comenzó a gimotear como una niñita diciendo que no se quería ir.

Andrés esbozó una levísima sonrisa.

Nunca lo supo, pero él había sido la razón por la que ella decidió quedarse.

En ese y los siguientes días, no hubo ocasión de que hablaran. Pero si llegaron a verse y a escucharse. De hecho, cuando cualquiera de los dos pasaba frente a la casa del otro e iban hablando con alguien, levantaban levemente la voz, hacían lo posible para ser escuchados. Andrés se había dado cuenta de que las benditas mariposas estomacales revoloteaban cuando oía la voz de Sandra, y otro tanto le ocurría a ella; pero ninguno de los dos sabía lo que le sucedía al otro.

Un par de semanas después, él comenzó a visitarla cada dos noches; ella lo esperaba en el porche.

En varias de esas oportunidades, vio a Lino hablando con ella y continuaba su supuesto camino, como si fuera a otro lugar, solo la saludaba.

Rodrigo, su mejor amigo, vivía siete casas más abajo, eso le servía para que ella hiciera conjeturas. Por supuesto, ya ella se había percatado de que cuando Lino estaba allí, Andrés seguía de largo. Sandra se preguntaba si padecería de alguna especie de alexitimia.

Lino, no era de por allí, pero casi todas las tardes pasaba por la calle de arriba. En muchas oportunidades saludaba a Sandra desde lejos; otras, se acercaba a donde estaba ella.

Andrés comenzó a suponer que Lino estaba interesado en ella, después de todo, Sandra era la chica más apetecible de todo ese sector.

Lino era mucho mayor, además tenía una reputación de ser adicto a la marihuana, porque en el grupo que frecuentaba, había algunos que, declaradamente, sí lo eran.

Eva, una quinceañera que estaba interesada en Andrés, le había dicho que Lino y Sandra eran novios.

Así dejó de visitarla por unos días. Él no le había dicho nada acerca de sus sentimientos -cosa que ella ansiaba-, y no por un caso de alexitimia, sino por su inseguridad.

Una noche olorosa a verdad, decidió retomar las visitas. Sandra Torrens siempre estaba en el porche a la hora no acordada, no mencionada; pero esperada.

Al acercarse, vio a Lino, pero esta vez estaba resuelto al encuentro con o sin compañía. Por otra parte, Andrés había notado que Lino nunca duraba mucho tiempo hablando con ella.

Andrés saludó y Sandra los presentó. Lino era un hombre muy joven de ojos verdes, tal vez veintitrés o veinticuatro años de edad. Le pareció simpático.

Lino permaneció allí por unos diez minutos y se fue.

—¿De dónde lo conoces?

—¿A Lino? De una fiesta —respondió Sandra.

—Una fiesta —repitió Andrés con un dejo de contrariedad.

Surgió un pequeño silencio.

—Alguien me dijo que ustedes tenían algo.

—Alguien… —repitió ella con sarcasmo, levantando su ceja izquierda y mirándolo fijamente— y… ¿tú le creíste a “esa” alguien?

—¡No! —respondió Andrés con seguridad—. Lo que, si es cierto, es que él viene… —iba a decir todos los días, pero rectificó—… A menudo.

—Solo está agradecido —sentenció ella en voz apenas audible.

—¿Agradecido?

Ella dudó, antes de decirlo.

—Le hice un favor.

Por la mente adolescente de Andrés cruzaron pensamientos de todo tipo. En silencio, se quedó viéndola con mirada interrogativa.

Ella tomó aire. No muchas personas conocían el suceso, pero consideró preciso que él lo supiera.

—Antes de que le dijera a mi papá que quería regresar con mamá, Daniela me pidió que la acompañara a una fiesta. Allí conocí, entre otras personas, a Lino. Te lo hago breve —aseguró—. En algún momento escuchamos gente hablando afuera, en la calle, con un tono algo fuerte. Nos asomamos por una ventana y vimos que un poco más adelante estaba una patrulla con las luces encendidas.

>>Salimos varias personas a la calle —continuó—. La policía había deteniendo a Lino porque al catearlo, le encontraron un porrito en su billetera. Yo corrí y abracé a Lino y le dije al policía que, por favor, no se lo llevaran porque yo estaba esperando un hijo suyo.

Andrés levantó las cejas en un gesto confuso.

—¿Y se lo llevaron?

—No. El policía no dijo nada. Miró mi vientre que se hinchó tanto como pude expandir mi estómago y luego nos hizo señas para que nos fuéramos. Tomé de la mano a Lino y nos vinimos hacia acá. Aquí permanecimos un rato. Con nosotros se vinieron otros de sus amigos. Luego de que se les pasara el susto, se fueron todos.

Andrés no estaba seguro de que la acción fuera justificada, pero hablaba de la solidaridad de Sandra.

—No lo vuelvas a hacer.

Sandra sonrió.

—Lo haría solo por ti.

Él la miró profundamente.

La tomó de la mano.

La trajo hacia sí y la besó.

Ella se entregó en profundidad en ese beso.

Luego de unos dulces segundos, la separó con delicadeza, la miro y le preguntó:

—¿Quieres ser mi novia?

Sandra respondió ipso facto, moviendo afirmativamente la cabeza y dando las gracias mentalmente a la divinidad.

—Mi Andy —susurró amorosamente. Desde ese instante, lo llamaría así.

Andrés la trajo hacia sí nuevamente y se fundieron en un abrazo en el que se mezclaban las ganas y aleaban las ilusiones.

A partir de aquel momento, se convirtieron en una pareja inseparable, una característica que los distinguiría: donde estaba uno, siempre estaba el otro. Siempre juntos.

 

 

De lunes a viernes, cuando Andrés iba al colegio, ella siempre estaba en la ventana, para saludarlo al pasar, y todas las noches, él la visitaba después de asegurarse de que su papá ya hubiese pasado por allí.

Los fines de semana, intentaban pasear solos o con amigos, siempre tomados de las manos, disfrutando el presente. En un par de oportunidades hablaron de un nené y hasta discutieron el nombre según el género. Siempre acariciaban el futuro juntos.

Eventualmente, asistían a reuniones o fiestas donde solo bailaban entre ellos. Disfrutaban de las cosas simples y de pequeñas sorpresas, ella le bordó algunas de sus camisetas, mientras Andrés escribía páginas para ellas en un ejercicio de su incipiente oficio.

Escuchaban música y veían series juntos y películas los fines de semana.

Tenían rituales, comenzaron a decirse “mami” y “papi” y tenían un silbido especial para llamarse. De hecho, cuando él iba al colegio y ella no estaba en la ventana, Andrés volvía a silbar, esta vez más fuerte, porque sabía que se había quedado dormida. Ella, al escucharlo, daba un salto y medio dormida, se asomaba, riéndose de todo y de nada.

Por supuesto, también era habitual que fueran al cine.

Y, claro, la pequeña dificultad, absolutamente invisible para ellos, era que ambas familias decían que pasaban mucho tiempo juntos. Aunque sus amigos si eran capaces de capturar ese sentimiento de que el mundo era más colorido, brillante y tenía más sentido, cuando estaban juntos. Disfrutaban sus miradas, sus risas, rituales y los códigos que solo ellos dos entendían. En fin, era una preciosa historia sobre la complicidad, la ternura y la intensidad de descubrir el mundo junto a esa persona favorita. Qué duda cabía; aquel amor adolescente era puro, intenso y ambos sentían que sería para siempre.

Eran la pareja perfecta con la intensidad y la dulzura de ese amor de la adolescencia.

Ambos recordarían una Navidad, una muy especial, una en la que visitaron a muchos vecinos, siempre tomados de la mano, como era lo habitual. Eran jóvenes puros, sin vicios, ninguno de los dos bebía, pero bailaban. Su mundo, era el mundo.

Sin someterse al orden acostumbrado, esa Navidad, cuando salieron de aquella casa llena de alegres vecinos, se encontraron con la claridad de la mañana.

Él la acompañó hasta su casa, la beso y se quedó mirándola.

—Te quiero hacer una pegunta —manifestó Andrés.

—¿Cuál será?

Andrés se quedó un instante pensando, temía la respuesta.

—¿Eres feliz?

Sandra lo abrazó y lo besó.

—¡Inmensamente feliz! —le susurró al oído.

Andrés suspiró inspirado.

—Te prometo que cada mañana brillará el sol, aunque no lo veas. Te prometo que después de cada tarde, vendrá la noche, y que cada noche brillarán las estrellas, aunque no las veas. Te prometo vivir mientras la vida me acompañe y amarte durante ese lapso. Sé que es trivial, pero para ser honesto —aseguró Andrés—, solo te prometo lo que estoy cierto de cumplirte. Por ejemplo: te puedo prometer mirar la luna contigo, pero no bajártela. Te prometo mojarme contigo bajo la lluvia, pero no podré hacer que llueva. Te prometo cosas simples, las que, como soñador responsable, te podría ofrecer. Una de ellas es ser siempre un romántico, un perseguidor de sueños, aunque en el futuro eso te moleste. Pero, sobre todo, prometo amarte hasta que tú no me correspondas.

En esa noche impregnada de amor limpio, inocente, inmaculado; virgen como ellos dos, Sandra lo miró con el alma llena de contentura. Era la felicidad que ella, unos minutos antes, le había asegurado que sentía. Ese reconocible estado de gratísima satisfacción espiritual y física infiltrado en toda su humanidad. De hecho, si la felicidad pesara, Sandra no habría podido moverse.

—Gracias —respondió ella desde lo más profundo de su ser.

>>Yo también te tengo una pregunta: ¿seguirás escribiendo?

Andrés ya había sido publicado en un par de pequeñas gacetas. Ella estaba clara, sabía que su novio era un poeta, un escritor en ciernes, lo acababa de demostrar. Había leído muchas cosas que él había escrito, y sabía, o tal vez quería, que le fuera bien con eso. Eran tiempos con un futuro inundado de expectativas.

—¡Claro! —respondió.

—¿Eso también es una promesa?

—Sí.

—¿Qué pasaría si fueras famoso y no estuviéramos juntos? —preguntó Sandra con una sonrisa.

—¡Te buscaría! —respondió Andrés con seguridad.

—¡Más te vale!

—Y si fuera al revés, ¿tú me buscarías a mí? —consultó él.

—¡Por supuesto, Andy! —respondió Sandra sin dudar—. Te buscaría. ¡Tú eres mío!

Él no pudo ocultar una sonrisa de satisfacción y como en un final de película, poco a poco, se fueron soltando las manos. Andrés, entonces, tomó una lata de Coca-Cola vacía que alguien había arrojado a la calle y le desprendió el anillo. Dejó caer nuevamente el rojo envase y le tomó su mano.

—¿Quieres ser mi esposa?

Ella lo miró con la húmeda           alegría llenando sus ojos.

—Sí. Me encantaría ser tu esposa para siempre —contestó en una frase entrecortada, segura de que, el de ellos, era un amor inevitable.

Andrés le colocó el improvisado anillo hasta la mitad de la falange proximal en su dedo anular.

Ambos sentían que tenían mucho tiempo, pero les faltaba el espacio para estar juntos, y antes de que terminara ese nuevo año que se aproximaba, tomarían una decisión que marcaría sus vidas para siempre.

 

 

Andrés había desarrollado el mismo sentido auditivo de Sandra para escuchar el vehículo de su padre. El señor Octavio -ese era su nombre- tenía el hábito de acelerar su auto antes de apagarlo. Cuando lo escuchaban, se despedían apresurados y Andrés salía corriendo por la parte de atrás para que no lo viera allí.

En algunas ocasiones estacionaba en la calle más arriba, cerca de donde vivía Andrés. Otras, paraba en el estacionamiento, un poco más abajo de donde vivía Sandra. Casi siempre iba en las noches, una o dos veces en la semana.

Octavio Carlos Torrens, no era un hombre que saludara o hablara con algún vecino. Solo llegaba, algunas veces con bolsas de comida, otras con una bolsa de pan; entraba a su casa (la había comprado para que habitara “la abuela”, como todos llamaban a la señora que lo crio, y los hijos que no podía -o no quería- tener con él), y de la misma manera; quince o veinte minutos después, se iba. Andrés, aunque nunca tuvo contacto con él, más allá de darle las buenas noches en las pocas oportunidades en las que, por las razones que fuera, ninguno de los dos había escuchado su automóvil llegar y lo había conseguido sentado en la sala al lado de Sandra.

En las ocasiones en que iba; en la mañana o en la tarde, Sandra se lo hacía saber a Andrés y ambos quedaban más tranquilos.

Había noches, en las que Sandra iba a la casa de Andrés.

Se sentaban en el jardín, a un costado, al amparo de la inconclusa penumbra y, en contra de la ley física de la impenetrabilidad, esa propiedad de la materia que impide que dos cuerpos ocupen el mismo espacio al mismo tiempo; sencillamente se sentaban uno al lado del otro tan cerca como la mencionada ley física se los permitía. Así podían pasar horas, inclusive sin hablar, solo disfrutando de la compañía del ser amado.

En esas ocasiones, Andrés comenzó a colocar su mano debajo de la blusa de Sandra, acariciando suavemente su torso en la región abdominal. Muchas veces, sin ninguna intención ulterior, su dedo pulgar rozaba la parte inferior de los senos de su amada, ella no decía ni hacía nada. Debido a la sólida firmeza de su busto, Sandra no usaba brasier.

No discutían. Generalmente, estaban de acuerdo y si surgía alguna discrepancia, cada uno quería complacer al otro. Era la sensible consecuencia de un amor puro, donde no habitaban los ecos del mal.

Una de esas noches de absoluto idilio, luego de un apasionado beso, él susurró:

—Yo me fugaría contigo.

—¡Yo también! — le aseguró Sandra al oído.

Ambos se miraron con una incipiente sonrisa. Entendían que era una idea loca surgida de ese amor limpio que querían consolidar; querían estar juntos, vivir juntos; pero la edad y las condiciones lo impedían.

Esa locura interrumpiría la felicidad.

 

 

Unos días después de aquello, Andrés le comentó la idea a Rodrigo.

—Y ¿a dónde irían?

—No lo sé —respondió Andrés—. Tal vez a las casitas.

Rodrigo supuso que Andrés no hablaba en serio; si fugarse ya era una idea imprudente, irse a las casitas era un pensamiento perturbador.

Las casitas eran tres rústicas, añejas y deshabitadas viviendas, fabricadas con bambú y barro que, probablemente, levantaron algunos conuqueros, en la cima de la montaña que estaba al fondo del valle donde fue asentada la urbanización. Lo único que había allí era algunos animales silvestres, víboras, monos… naturaleza.

—¡Estás loco! ¿Piensas llevarte a Sandra a vivir en las casitas?

—Bueno —ripostó Andrés—, pensé que tú y Susana, podrían venir con nosotros.

Susana, era amiga de Sandra, vivía en frente, en la casa diagonal a la suya. Susana era novia de Rodrigo. Tenían una relación, aunque no tan sólida y pública como la de Sandra y Andrés.

—¿Susana sabe lo que tú y Sandra están pensando hacer?

—No —contestó de manera rotunda—. Solo tú lo sabes.

A Rodrigo le pareció descabellado al principio, pero en ese momento comenzó a acariciar la idea.

—Tendría que planteárselo a Susana —comentó taciturno.

Andrés sabía que su amigo estaba enamorado de Susana, pero no estaba seguro de que eso fuera recíproco.

Esa misma tarde, Rodrigo le hizo la propuesta a Susana, y contra lo previsto, dijo que sí. La respuesta alegró a Rodrigo y complació a Andrés, que se sentía, literalmente, acompañado por su amigo.

Dos días después, Susana se lo contaría a una amiga, quien a su vez se lo dijo a su novio y ambos acordaron fugarse también. Ya eran tres parejas; pero tres días más adelante, desistirían. A Andrés le molestaba que ya eran, al menos, cuatro personas más, las que sabían de los serios planes de Andrés y su amada novia.

 

 

Un candente mediodía, igual como aquella samaritana, fue al pozo para no conseguirse con nadie, Sandra se encontró con Andrés a medio camino de sus casas y le entregó una bolsa con un paquete dentro.

El contenido, era unos pantis, tres pantalones, cuatro blusas, un cepillo de dientes y desodorante.

Andrés tomó la bolsa con tranquilidad, pero algo nervioso. En realidad, eso confirmaba el compromiso de Sandra. Era viernes, y habían decidido fugarse el próximo martes, a las diez de la mañana.

Justo ese viernes, Rodrigo le notificó a Andrés, que Susana había decidido no hacerlo, pero que él los acompañaría hasta que tomaran el segundo bus.

No obstante, a que los excandidatos a desertores pensaban que se irían a las casitas, Andrés había acordado con Sandra escaparse a casa de su abuelo, un anciano que vivía junto a su hermano en Requena, un pequeñísimo pueblo agrícola a tres horas de allí. Solo Rodrigo, lo sabía.

Definitivamente, la adolescencia es como la luz de una vela que, sin temerle a la oscuridad, la enfrenta sin considerar lo débil que pudiera ser. Andrés nunca pensó en cómo sobrevivirían, ignoraba totalmente aquello de que “no solo se vive de amor”, solo quería estar junto a ella.

Sandra sí se había formulado la pregunta, pero el amor sofocó la voz de la razón y prefirió creer que Andy debía tener todo calculado. Además, las hormonas, haciendo su trabajo, hicieron aflorar las ganas que se habían mezclado cuando se fundieron en aquel primer abrazo, después de pedirle que fueran novios. Pero ahora, con más ilusiones. Ella con sus apenas quince años recién cumplidos y él, que cumpliría dieciséis en dos meses, estaban convencidos de que, si se embarazaban, nadie los podría separar.

 

Llegó el martes, el día acordado.

Andrés salió de su casa con el dinero justo para pagar el valor de los pasajes de ida que los llevaría finalmente a Requena.

Andrés cursaba el cuarto año de bachillerato y nunca faltaba a clases. Ese martes, le dijo a su madre, que no iría al colegio, pues él y otros alumnos tenían que ir una biblioteca para hacer un trabajo de sociales. Inclusive, Rodrigo, quien cursaba el tercer año, iría con su grupo. Aclaró que no tenían que usar el horrible uniforme para ir allá.

El equipaje era el mismo bolso que utilizaba para el colegio, pero esta vez, sin cuadernos ni lápices; en lugar de ello, un poco de ropa, su cepillo de dientes, la bolsa que días antes le había dado Sandra y un enorme cargamento de inocencia prejuvenil.

Caminó tres cuadras hasta llegar a la parada del bus. Allí estaba Sandra con Rodrigo, quien los acompañaría hasta el centro de la ciudad, donde tomarían otro colectivo que los llevaría a Requena.

Estuvieron un rato, nada nerviosos, hasta que llegó el bus que iba para Requena. Rodrigo se despidió de ambos con un abrazo.

—¡Suerte!

El autobús los dejó frente a la Plaza Mayor. Desde allí tendrían que caminar un trecho que les tomaría veinticinco minutos, donde pasarían frente a otra plaza, La Plaza del Almirante.

El abuelo Amador y el tío Matías, eran agricultores. Tenían, básicamente, un pequeño conuco cerca de la laguna, donde sembraban algunas cosas para su propio consumo y plantas de tabaco, cuyas hojas secaban en el pequeño patio de su casa de bahareque, y las vendían a alguien que las compraba a pequeños agricultores y luego las negociaba en Tabacalera Regional.

Su lugar de residencia era un pequeño terreno con tres cabañas cuyas paredes estaban construidas con cañas y barro, el piso era de tierra y carecían de ventanas. Los techos eran de zinc.

El abuelo Amador y su hermano, el tío Matías, no eran muy frecuentados por Andrés y su familia; pero en algunas de esas oportunidades en las que la mamá de Andrés iba a Requena, de donde era ella, los visitaba.

Cuando llegaron, ya el abuelo y el tío habían regresado, ellos salían para el conuco, antes del alba, y regresaban cerca de las tres de la tarde.

Andrés saludó con el mismo cariño de siempre y presentó a Sandra como su esposa. Dijo que hacía un mes que se habían casado y que estaban visitando a la familia para que la conocieran, y se quedarían unos días con ellos. No hubo preguntas en relación con un matrimonio tan joven, aunque tampoco sabían sus edades, tampoco era algo que les importara mucho.

Estuvieron en el patio, bajo el tamarindo, un par de horas sentados en unas viejísimas sillas de madera y cuero, sosteniendo una charla, donde se preguntaron por familiares y, en general, por los asuntos a que suelen referirse las personas en esas ocasiones. Así llegó la noche y la hora de retirarse cada quien a su cabaña. El abuelo les cedió la suya para que durmieran allí.

La noche era fresca, se escuchaban algunos ladridos y las cigarras.

 

 

Aunque era la primera vez que dormirían juntos, no sentían ningún tipo de aprehensión. Estaban tranquilos, se sentían libres, y cobijados por la seguridad de esa desconocida soledad íntima. Los besos fueron los más apasionados de nunca.

Andrés, sin haberlo hecho antes, le quitó la blusa con suavidad, y a la luz de la vela que los acompañaba, por primera vez, miró desnudos los turgentes senos de Sandra. Los acarició con ganas, pero con ternura. El instinto lo condujo a besarlos. Sintió el leve estremecimiento de Sandra cuando sus labios rozaron sus prominentes pezones.

Luego besó su cuello y escuchó un susurrante gemido.

Se quitó la camisa y sus pantalones. Luego, con delicadeza, hizo lo mismo con el jean que ella vestía. Por vez primera, se miraron en ropa interior.

Andrés se subió sobre ella y continuó besándola en la boca, el cuello y sus pezones.

—¡Estoy totalmente mojada! —susurró ella.

Seguidamente, Andrés, con su ayuda, retiró la delicada prenda femenina que separaba a Sandra de la desnudez absoluta.

Andrés admiró la perfección de ese cuerpo y, sin prisa, se despojó de su calzoncillo. Sandra, de reojo, miró, por primera vez, la rigidez de un órgano masculino.

—¿Estás lista? —preguntó Andrés en voz baja, con cariño.

Sandra asintió con la cabeza.

Nuevamente, se subió sobre ella.

Experimentaron la calidez de sus cuerpos desnudos y el roce de sus virgíneos genitales.

Ella, consciente de que sucedería; entreabrió sus piernas con suavidad.

Andrés entendió a lo que ella se refería con lo de “totalmente mojada” cuando el extremo de su masculinidad hizo contacto con la húmeda y apetecida cavidad en la humanidad de su novia.

Andrés inició una temerosa penetración que les hizo sentir un placentero estremecimiento. Ambos gimieron.

Andrés comenzó un instintivo movimiento rítmico, pero sentía que algo impedía su intento por ir más profundo.

Mantuvo su movimiento por unos instantes. Pero el deseo lo llevó a ejecutar un empuje pélvico que lo hizo penetrar muy adentro; en toda la dimensión de su virilidad, rompiendo la membranosa barrera que detenía su recorrido.

Ella inició un involuntario, gritó que ahogó inmediatamente y abrazó con fuerza a Andrés.

Él se detuvo un momento.

—¿Sabes qué es eso? —preguntó dentro de su inocencia adolescente.

Ella asintió con la cabeza, manteniendo sus ojos cerrados.

—¡El himen! —confirmó él. Y seguidamente, aplicó un beso en sus labios. Labios que dibujaban un pequeño rictus de dolor que, misteriosamente, se mezclaba con el desconocido placer que Sandra sentía.

A Andrés le molestaba un poco esa inesperada sustancia lúbrica dentro de ella que, él pensaba, le estaba impidiendo inseminar a su amada; pero era la ansiedad lo que le impedía la eyaculación.

Finalmente, terminó, y exhausto, se tendió a su lado. Se miraron con una sonrisa de satisfacción; no tanto sexual, sino cómplice de que ya estaba hecho. Lo que habían experimentado fue un delicioso e inesperado valor agregado, considerando que; en realidad, lo que ambos querían era que ella quedara embarazada. Albergaban la firme creencia de que, si eso ocurría, nadie podría separarlos.

 

 

Cuando él despertó. Todavía era de madrugada, se escuchaba el cantar de los gallos.

La vio dormida; pero al mover su brazo, Sandra despertó debido a que estaban acostados en una no muy cómoda, angosta y vieja cama individual. Ambos compartieron una sábana que cobijó su desnudez.

La vela, se había consumido casi en su totalidad. Se miraron con una sonrisa y él la besó.

Sin dejar de besarla, se subió sobre ella. Ambos sintieron la erección de Andrés, ahora Sandra sabía lo que eso significaba: un poco de dolor; no obstante, separó levemente sus piernas, sin saber que le aguardaba una sorpresa.

Andrés buscó con su miembro la entrada del portal y sintió la humedad y calidez de ese íntimo lugar. Con el inesperado envión de Andrés, Sandra experimentó un pequeño ardor, pero gimió de placer al sentir como el miembro de su amado acariciaba su pared vaginal. Aunque notaba un poco de molestia, se abrazó al deleite que experimentaba, e inició un instintivo ritmo pélvico que, en pocos segundos; como el vaivén de las olas marinas, se acopló al de Andrés que también gemía de placer.

A ella le encantó ver la satisfacción reflejada en el rostro de su ser amado, quien, ayudado por la abundante lubricación de su vagina, la penetró hasta lograr toda la profundidad de la que era capaz, Sandra volvió a emitir ese involuntario gemido de deleite y, sin querer, rasguñó la espalda de Andrés.

En un perfecto acoplamiento, ambos mantenían el mismo ritmo en esa segunda relación sexual. Ella sentía como esa porción de su ser amado la estimulaba en su interior, al mismo tiempo que la pelvis de Andrés masajeaba su erecto clítoris. No pensaba en nada, disfrutaba de ese desconocido placer que experimentaba.

Notaba unas contracciones musculares que aumentaban junto a una sublime sensación de bienestar que, intuía, le estaba esperando más adelante. Era como si fuera a liberar una eminente tensión acumulada en esos últimos minutos y era necesario que llegara allí, quería llegar allí… Y, súbitamente, con la boca entre abierta, soltó un largo gemido mientras su cuerpo se estremecía de manera misteriosa, liberando la inexplicable tirantez que le generó una ignota laxitud, y que la hizo relajarse en una dimensión total; como si algo le hubiese robado toda su energía.

Fue su primer orgasmo.

Cinco segundos después, entreabrió sus ojos y le sonrió levemente a Andrés, que la miraba sin detenerse. En su alma, Sandra agradecía a la vida ese primer orgasmo de su vida suministrado por el ser que tanto amaba.

Inmediatamente, vio que Andrés cerró los ojos con fuerza y sintió cuando su novio, con un largo jadeo, alcanzó el clímax dentro de ella mientras se movía más rápidamente, como que, si quisiera llegar más allá, como si quisiera exprimir todo su ser.

Fue la consecuencia de la inexistente educación sexual, convertida en acción exploratoria, muy humana; sustentada en ese gran amor que se profesaban.

No había alternativa, era un amor puro; sin destilar, querían estar juntos, vivir juntos, por eso escaparon y escogieron un camino por el que deambulaban irreflexivamente.

 

Ese día, en la mañana el abuelo no fue al conuco, se quedó y les preparó pan tostado con guacamole, algo que se repetiría varias mañanas. Lo había preparado con abundante aguacate, cebolla muy bien picada, pimiento rojo, cilantro, limón y sal.

El viernes Andrés se percató de que no tenía nada de dinero, ni siquiera para comprarle un chicle a su novia. Ese día se dio cuenta de que, tal vez, no lo habían pensado bien, escaparse no había sido una decisión inteligente. Aunque estaba feliz de estar con su ser amado, no tenía idea de cómo sobrevivirían.

Ninguno de los dos había pensado en el futuro inmediato, pero, ¿cómo detener ese corcel en que cabalgaban con las alforjas llenas de amor juvenil y ganas? Un amor donde no les importaba nada, excepto estar con el otro.

 

La placidez de la aventura culminó cuando el lunes llegó la madre de Andrés.

—Hola, Papá. —Se escuchó afuera.

Ambos, todavía en la cama, se miraron.

—¡Tu mamá! —exclamó Sandra con angustia al reconocer la voz.

Se levantaron inmediatamente.

Ella, rápidamente, se cubrió el torso con la sábana.

Él, apenas logró ponerse el pantalón.

—¿Los muchachos están aquí?

El abuelo debe haber hecho señas porque no se escuchó su voz, pero inmediatamente vieron como la puerta del cuartucho se abría con violencia.

—¡Qué bonito! —exclamó la mamá de Andrés—. ¿De quién fue la idea?

Ninguno de los dos contestó. Era algo que no estaba en los planes de ellos. Nunca pensaron que alguien de sus respectivas familias podría ir a buscarlos.

—Andrés, ¿por qué me hiciste esto? Estuvimos a punto de subir esa montaña para ir a “las casitas”.

>>¿Y tú? —dirigiéndose a Sandra, quien lloraba— ¿En qué estabas pensando?

La madre de Andrés estaba furiosa.

—Yo lo amo —balbuceó Sandra entre sollozos.

—¿Amar?… Apenas acaban de dejar los pañales. ¿En qué estaban pensando?

—En que nos amamos y queremos estar juntos —espetó Andrés.

—¿Estar juntos? Solo pensaron en ustedes. ¡Vístanse que nos vamos! —Exclamó con furia la señora Vicenta.

—¡Nosotros nos quedamos aquí! —sentenció Andrés.

Sandra lo miró como un héroe que rescataba a su princesa.

Miró a su hijo con asombro. No esperaba esa actitud, pero no dijo nada. Dejo caer sobre la diminuta cama, la camisa que había tomado para dársela a Andrés.

—¿Cómo que se quedan? ¡Nos vamos ya! —ordenó, mientras intentó quitarle la sábana que cubría el torso de Sandra, como una manera de implicar que debía vestirse porque se iban.

Andrés se lo impidió.

—¡Déjala!  —exclamó.

La madre miró a su hijo como si fuera un desconocido. Mantuvo esa mirada por varios segundos, dio la vuelta y salió del cuartucho.

Andrés se apresuró a cerrar la puerta y regresó a abrazar a Sandra, quien lloraba asustada.

Lo acontecido era algo que no estaba en los planes. En realidad, ninguno de los dos había pensado en lo que podría suceder, tal vez debido al velo que crea el amor idealizado o en virtud de la sempiterna inexperiencia de la adolescencia que, generalmente, lleva a actuar de esa forma por el ser amado.

Se quedaron un par de horas allí dentro, sin querer salir y sin saber lo que sucedía afuera.

No se escuchaban voces.

El abuelo tocó la puerta.

Andrés salió.

—Vengan a comer —dijo el abuelo con sutileza.

 

Les sirvió una sopa de pollo.

Sandra se mantenía agarrada de la manga de la camisa de Andrés.

No hablaron de nada. Decidieron salir a dar una vuelta por la plaza.

Al regresar, ya el tío había llegado, soltó una sonrisa cuando los vio.

—¡Yo hubiese hecho lo mismo! —Comentó riendo.

Esa sentencia bajó un poco los niveles de vergüenza que ambos sentían. Pero esa noche, el abuelo le hizo saber a Andrés que le gustaría volver a dormir en su cama porque lo estaba haciendo sobre una silla y le dolía la espalda. Obviamente, Andrés sabía lo que eso significaba en realidad, y no sabía qué hacer, no tenía a dónde ir.

Los días subsiguientes se repetiría la petición del abuelo.

Al cuarto día, a media mañana, apareció nuevamente la madre de Andrés, pero con otra actitud. Estaban desayunando.

Saludó al abuelo, luego a Sandra y finalmente a Andrés. Era nuevamente la madre comprensiva que todos conocían. Preguntó cómo estaban. Luego le dijo a Andrés que su padre estaba muy preocupado por él y a Sandra, también le comentó que lo mismo sucedía con su abuela. Les invitó a que recogieran sus cosas para que regresaran con ella.

Aunque el sentimiento que los unía continuaba incólume, las circunstancias no eran las mejores para continuar con esa aventura. Lo sensato era regresar a la normalidad y eso hicieron.

Allí culminó la fugaz aventura amorosa para constituirse por siempre. Aunque los tres ignoraban una interrupción en la normalidad a la que aspiraban.

 

 

Una semana después de su regreso, estaba Andrés en su cuarto disponiéndose para tomar una ducha, cuando oyó el timbre de la puerta.

Le extrañó la voz monótona de su madre al hablar, parecía hacerlo con dos hombres. Al principio pensó que podrían ser vendedores, pero oyó que su mamá dijo dos veces que no estaba y entendió que preguntaban por él. Aguzó el oído y procuró no hacer ningún ruido que lo delatara. “Llévelo mañana, señora”, fue lo último que una de esas personas dijo al despedirse. Andrés presintió algo malo.

Esperó a que su mamá entrara al cuarto a decirle lo que pasaba. Aguardó unos largos segundos luego de los cuales llegó la señora Vicenta. Andrés la miró interrogante. La señora Vicenta sostenía un papel en su temblorosa mano.

—Vino la PJI a buscarte.

—¿La PJI?

Andrés no entendía nada.

—Te denunciaron.

—¿Me denunciaron?

>>¿Quién?

>>¿Por qué?

—No lo sé —respondió intranquila su progenitora—. Tengo que llevarte mañana en la mañana a la Comisaría de la PJI en Los Rosales.

La Comisaría de Los Rosales, era la sede central de la Policía Judicial de Investigación y eso era muy serio.

—Anda a ducharte —le ordenó. Por la mente de la señora Vicenta solo pasaban pensamientos que la asustaban.

Algo nervioso, preguntándose quién podría haberlo denunciado y por qué, se duchó rápidamente.

Andrés no tenía enemigos ni había hecho nada fuera de la ley. De hecho, siempre fue una persona tranquila.

Luego de salir de la ducha, se vistió, pero no quiso comer. Cuando se alistaba para salir a la calle, su mamá le dijo:

—No puedes ir a ninguna parte.

Andrés la miró pensativo.

—Quédate aquí.

Andrés no entendía.

—Voy donde Sandra.

—¡Hoy no!

—Pero, ¿qué pasa?

La madre de Andrés, tenía un presentimiento.

—Entonces, ¿no puedo ir a visitar a Sandra?

—Hoy, no —repitió—. Hoy no vas a salir.

—Pero, y ¿qué le voy a decir a Sandra?

—Yo hablaré con ella. Ve a ver televisión.

Andrés siempre fue una persona obediente y respetuoso con sus padres. Producto de su edad y su falta de malicia, no pensaba más allá de saber la razón por la que alguien lo denunciaría.

Ya mañana lo sabría.

Supuso que su madre debía haber hablado con Sandra, porque, extrañamente, ella tampoco fue a su casa.

Ese miércoles, desayunó, se vistió y salieron a las nueve y tres minutos de la mañana para acudir a la citación.

Llegaron a la PJI de Los Rosales. Ese desconocido ambiente era pesado.

Su madre mostró la citación en el lugar que llamaban la Prevención, una especie de pequeña sala donde distribuían los casos. La policía encargada leyó el papel que mostró Vicenta. Levantó la bocina del teléfono, marcó un número de tres dígitos y preguntó por alguien, le dio el nombre completo de Andrés y colgó. No dijo nada y continuó revisando unos papeles.

Unos momentos después se acercó un hombre moreno, algo fornido, de grueso bigote, que vestía una americana marrón de pequeños cuadros, pantalón negro, camisa blanca y corbata marrón. Abrió una pequeña puerta más pequeña que el mostrador donde daban las informaciones y, con el dedo índice, le hizo señas a la señora Vicenta para que pasara. Él iba adelante, madre e hijo detrás.

Llegaron a una gran sala con muchos escritorios donde había personas esposadas, sentadas en sillas, rindiendo declaraciones a los funcionarios.

El PJI haló una silla y se sentó detrás de uno de esos escritorios. Le hizo señas a Andrés para que se sentara frente a él. Sacó su arma de reglamento de la cintura y lo puso dentro de una gaveta.

—¿Nombre?

—Andrés Duval.

Andrés miró a su mamá. Ahora, si estaba nervioso, en su vida había estado en una situación o lugar parecido.

—¿Edad?

—15 años.

El policía miró a la señora Vicenta y con voz solidaria le dijo:

—Señora, el muchacho se va a quedar aquí.

—¿Está detenido?

—Sí, de manera preventiva.

—¿Por cuánto tiempo?

—Esa información no la tengo.

Luego respiró con profundidad mirándola.

—Escuche, lo conveniente es que busque un abogado.

Vicenta se acercó a su hijo:

—Dame el reloj, los anillos y la cadena.

Andrés no lo entendía, pero se quitó los dos anillos, el reloj y la cadena de oro que le había obsequiado su papá y se los entregó.

—¡Dios te bendiga! —Le depositó un beso en la frente. —Ahora nos vemos.

No estaba seguro de lo que significaba eso que el investigador le había dicho a su mamá y con un nudo en la garganta se quedó mirando a su mamá, tal vez él se iría en la tarde.

—¿Dirección?

Andrés volteó nuevamente hacia quien lo interrogaba, para contestarle.

Pasó todo ese tiempo sentado en esa silla, en algunas oportunidades el policía se levantaba y se ausentaba por largos minutos. Incluso en una de esas ausencias, Andrés supuso que estaría almorzando.

La policía que ocupaba el escritorio de al lado, lo molestaba cuando el detective que lo atendía se ausentaba.

—¡No te atrevas a levantarte de allí!

Luego le preguntó con saña:

—¿Por qué violaste a esa pobre muchacha? ¡Ya vas a ver lo que te va a pasar!

Esa aseveración hizo que su corazón diera un vuelco.

Ya cerca de las cinco de la tarde, el detective nuevamente sacó su arma de reglamento de la gaveta, se la colocó en la cintura y amablemente le dijo a Andrés que lo acompañara, y junto a otro detective se dirigieron hacia una patrulla.

—Siéntate atrás —le ordenó el otro detective.

>>Ponte del otro lado.

Andrés, obedientemente, se colocó detrás del conductor.

Luego de un rato, llegaron a un sitio circundado por una pared muy alta. Le hicieron señas para que caminara delante de ellos. Tocaron una puerta, alguien abrió y los saludó por sus nombres con una sonrisa. El detective que había estado llevando su caso entregó un papel a alguien y con delicadeza puso la mano en la nuca de Andrés y lo dirigió hacia quien le recibió el documento. Este cerró la puerta, leyó nuevamente el papel.

—Ven por aquí.

Andrés solo veía puertas donde se escuchaban voces detrás. El guardia le hizo señas para que se detuviera frente a una de ellas.

Tocó. Alguien miró por una rendija y abrió la puerta.

—Pasa —le indicaron.

Andrés pasó y escuchó voces adentro.

El maestro, que así llamaban a quienes cuidaban a los internos dentro de las celdas o pabellones, le preguntó su nombre. Luego le señaló una cama donde iba a dormir. Era la cama inferior de una litera. Le preguntó por qué estaba allí y Andrés contestó que, en realidad, no lo sabía, se había fugado con su novia.

—Ok. Quítate el pantalón y la camisa y ponte este short y esta franela. Luego pones tu ropa dentro de esa bolsa, le colocas tu nombre y me la das.

—¿Tienes dinero?

—No.

—¿Documentos?

—Sí.

—OK. Colócalos también dentro de la bolsa. ¿Entendiste todo lo que te dije?

—Sí, señor.

Andrés hizo todo como le indicaron y entregó la bolsa.

En pocos minutos, estaba vestido solo con un short azul marino y una franela blanca, sus medias y sus zapatos de piel trenzados.

El maestro lo miró.

—¿No tienes chancletas?

—No, señor.

—Cuando vengan tus familiares a la visita, dile que te traigan un par de chancletas, un cepillo de dientes y crema dental.

—¿Cuándo es la visita?

—Sábados y domingos.

            <<Apenas es miércoles —pensó Andy— estos van a ser días largos.

—Bueno, Andrés Duval, pórtate bien y no me des dolores de cabeza. Ahora ve a mirar televisión con los demás —le indicó el maestro, señalándole una sala fuera del dormitorio.

Tímidamente, se acercó al lugar que le indicaron y vio varias sillas colocadas frente a un televisor. Contó a ocho chicos más o menos de su misma edad que hablaban y miraban televisión. No saludó ni nada. Buscó la silla más alejada, no quería sentarse en el puesto de alguien y convertirse en víctima de algún jefe de celda o algo parecido.

Un joven corpulento, que parecía ser el líder. Le preguntó:

—¿Cómo te llamas?

Todos lo miraron.

—Andrés.

Y siguieron en lo suyo.

Andrés sintió algo en el estómago, no era hambre, pero se dio cuenta de que solo tenía el desayuno. Sabía que tendría que esperar hasta el otro día.

A las 9:30 de la noche, el maestro mandó a cepillarse los dientes y apagó el televisor.

Luego de una media hora, estaban todos en sus camas. El maestro dio las buenas noches y apagó las luces. Los cuidadores dormían en el pasillo.

Andrés, acostado en esa desconocida cama, pensó en el amor de su vida, ignorando que, a esa hora, Sandra lloraba amargamente sin saber nada de su Andy, excepto que estaba retenido por la mala intención de su padre, quien lo había acusado de haberla violado.

Andrés, cansado, agotado, asustado y con una gran tristeza, se durmió pensando en su amada novia.

 

Despertó muy temprano, recordó donde estaba, pero no quiso levantarse hasta escuchar instrucciones.

Un rato después, el maestro encendió la luz del cuarto y vio como sus compañeros de celdas, todos menores de edad, se levantaban e iban al baño a lavarse. Él esperó a que salieran algunos para entrar de último.

Luego de eso, Andy se dio cuenta de que se estaban formando en fila detrás de la puerta.

“El gordo”, así le decían al muchacho fornido que le había preguntado su nombre la noche anterior, le hizo señas para que se colocara delante de él.

Andy lo hizo.

—Vamos a desayunar —le informó.

El maestro revisó el cuarto y el baño para asegurarse de que no faltaba ninguno de los adolescentes. Tocó la puerta con fuerza, alguien abrió desde afuera, dio la orden para iniciar la marcha y él se colocó al final de la fila.

Llegaron a un amplio comedor con muchas mesas y sillas, se sentaron en el mismo orden en que venían. Habría unos sesenta chicos, todos entre 12 y 17 años. Desde atrás le colocaron en frente una taza de plástico azul con avena. Inmediatamente, le dieron un pan y una cuchara.

—¡Come rápido! —Le indicó el gordo.

Estaba caliente. Partió el pan en seis pedazos y los echó dentro de la avena, comió tan de prisa como pudo. Al gordo le estaban pasando las cucharas, le hizo señas a Andy para que le pasara la de él y sin pensarlo mucho se la dio en seguida. El gordo le entregó las cucharas al maestro, quien las contó y se las llevó a otra persona.

En seguida le colocaron una banana al lado de la taza vacía. Todos en silencio, no era un espacio para socializar. Miró alrededor y se dio cuenta de que todos estaban ocupados con sus bananas. Tomó la suya, le quitó la cáscara y la engulló de cuatro mordiscos. Vio que ponían los desperdicios dentro de la taza y eso hizo. Inmediatamente, recibió una pila de tazas para que colocara la suya encima y la pasara al compañero de al lado. El último se las entregó a alguien que también las contó.

—De pie.

Iban saliendo en el mismo orden y de la misma forma como entraron. Hicieron la fila que les correspondía y se dirigieron al pabellón donde los encerrarían de nuevo.

Andrés se sentía muy mal, nunca pensó en pasar por algo parecido a eso.

Realmente había pocas instrucciones, era una rutina donde todos sabían qué hacer. El maestro le dijo que se cepillara los dientes rápido y regresara donde estaba él. Posteriormente, le entregó su bolsa diciéndole que se vistiera porque iba a salir.

Andrés se alegró, iría a su casa.

Estaban todos en la pequeña sala de estar donde estaba el televisor. Esta vez tenían juegos didácticos y juegos de mesa. Todos en shorts y franelas, menos Andrés que se había vestido con la misma ropa del día anterior.

Alguien tocó la puerta, el maestro acudió y le dijeron algo.

—Andrés Duval —voceó el maestro.

Como impulsado por un resorte, Andy se levantó rápidamente y se dirigió a la puerta.

—Ve con él —le instruyó el maestro.

Siguió a esa persona por los pasillos. Andrés esbozaba una tenue sonrisa que desapareció cuando vio a los dos detectives del día anterior que lo estaban esperando. Ambos vestidos con pantalón azul marino, camisa azul claro y corbatas.

El detective del bigote lo condujo hacia la patrulla y le hizo señas para que se sentara en el asiento de atrás.

—Arrímate hacia aquel lado —indicó el otro detective. Andy se dio cuenta de que era el protocolo: el detenido se sentaba detrás del conductor y el policía acompañante cuidaba de que no hiciera nada.

De vuelta en la sede central de la Policía Judicial de Investigación, el detective lo condujo a su escritorio y le señaló la silla para que se sentara.

Buscó el expediente.

—Andrés Duval, cuéntame cómo y por qué violaste a Sandra Torrens.

Esa era una pregunta de un típico interrogatorio policial.

Andrés se sintió confundido, no entendía por qué le preguntaba eso.

—¡Contesta Andrés! ¿Por qué violaste a la joven Sandra Torrens?

—Yo no he hecho eso —contestó tímidamente Andrés—. Nosotros somos novios.

—Pero, el papá de Sandra dice que tú la violaste. Entonces, alguien está mintiendo. ¡Mejor es que me digas la verdad!

—Le estoy diciendo la verdad —contestó Andy, asustado, pero con seguridad.

La detestable policía que estaba en el escritorio de al lado le preguntó:

—¿Tuviste relaciones sexuales con la menor?

—Sí —respondió Andrés.

—¿Cuántas veces?

Andrés levantó el hombro izquierdo en señal de duda.

—No sé… varias veces.

—¿La forzaste?

—¡No, nunca!

—¿Te casarías con ella? —preguntó la pesada policía de al lado.

—Es lo que más anhelo —contestó Andrés con toda la sinceridad del mundo concentrada en sus palabras.

El policía que atendía el caso llamó a un subalterno y le dio unas instrucciones.

—Ve con él —le ordenó a Andrés.

Lo condujeron a una especie de patio donde había una celda con la característica puerta de gruesos barrotes. El subalterno le hizo señas a los dos hombres detenidos que estaban allí, para que se fueran al fondo mientras abría la puerta. Con señas le indicó a Andrés que entrara y sin dar ninguna explicación cerró la celda y se fue.

Andrés se sentó en una especie de banco de cemento adosado a una de las paredes. Escuchó que uno le decía al otro que estaba allí porque lo querían involucrar en un caso de posesión de drogas.

—Yo estoy aquí por unos giros que no pude pagar de un automóvil usado que compré.

Este último le preguntó a Andrés su edad.

—15 años —contestó.

—Y ¿por qué estás aquí?

—Mi novia y yo decidimos fugarnos y su padre me está acusando de violación.

En ese momento vino un policía mal encarado con el encargado de abrir la puerta de la celda, le hizo señas al que había comentado lo de la droga y este salió.

Lo llevaron a un cuarto contiguo y le gritaban cosas. De pronto se escuchaba un sonido característico; era claro que le golpeaban la cabeza contra la pared. El hombre gritaba, aunque no se escuchaba lo que decía.

Andrés cerró los ojos, luchó contra el impulso de taparse los oídos.

—Lo mismo te van a hacer a ti —aseguró el otro detenido.

Repentinamente, cesaron los gritos y los golpes contra la pared. El policía, mal encarado que se había llevado al detenido por el problema de drogas, regresó y miró a Andrés y al otro retenido, estaba buscando a alguien más. Andrés se asustó mucho, pensó que a él sería el siguiente, se imaginó diciendo que él era inocente mientras lo golpeaban, pero con la misma prisa con la que había regresado, el policía mal encarado, se retiró.

Más tarde vino alguien, voceó el nombre del otro detenido y se lo llevaron. Andrés se quedó solo con su incertidumbre, pensando que a él también lo golpearían para que confesara.

Una angustiosa hora después, volvieron por él. Lo condujeron nuevamente al escritorio del detective del bigote y se sentó allí. En el trayecto se dio cuenta de que a él no lo esposaban como había visto que hacían con muchos individuos que tenían en otros escritorios.

Se sentó y escuchó una conocida dulce voz al lado de él.

Frente a la policía antipática estaba sentada Sandra, a quien estaba interrogando. Andy y Sandra se miraron y se sonrieron tiernamente, con tanto amor, que para ambos policías era innegable que esos dos adolescentes estaban enamorados.

—¿Andrés Duval te violó? —le preguntó con fiereza la policía.

—¡Claro que no!

—¿Estás segura?

—¡Por supuesto que estoy segura! —Contestó Sandra con seguridad a viva voz.

—Tu papá dice que fuiste violada por Andrés Duval.

—¡Mi papá no estuvo allí! Además, no sé por qué hace esto, cuando él se llevó a mamá cuando eran jóvenes.

—Entonces, ¿sí o no?

—¡No! Ya se lo dije, no lo hizo.

—Tu padre te va a llevar a una revisión forense.

—¡¿Qué?! Eso si sería una violación —aseguró Sandra contrariada—. ¿Creen que voy a abrirle las piernas a un desconocido para que diga lo que yo le estoy diciendo a usted? Escuche: eso no va a suceder. A la única persona que le abrí mis piernas es a ese chico que está sentado en el escritorio de al lado, Andrés Duval es su nombre y es a quien yo amo.

El policía del bigote sonrió con esa respuesta. Más claro, no podría ser. La empatía de Sandra era más que evidente, lamentaba que su amado estuviera pasando por esa situación. Algo que ambos policías advirtieron perfectamente.

—¿Te casarías con él? —le preguntó la policía bajando el tono.

—¡Es lo que más quiero! —contestó Sandra en un sollozo—. Por eso nos fugamos, porque queremos estar juntos.

El detective que llevaba el caso de Andy se levantó y le hizo señas a Andrés para que lo siguiera. Pasó por su compañero y se dirigieron a la patrulla. Él sabía, desde la primera vez que habló con Andy, que este era inocente. Y la técnica de interrogar a Sandra, con él de testigo, era para ver si había algo que confrontar. Pero allí no había ningún caso, estaban contestes. Andy había dicho la verdad y Sandra lo corroboró. En esta oportunidad Andrés no esperó a que le dijeran que se sentara detrás del conductor, allí se ubicó. Y el otro detective, esta vez, no se preocupó por estar pendiente de sus movimientos.

Lo llevaron nuevamente al sitio de reclusión de menores.

Esa tarde, mientras se colocaba el short y la franela, se encontró con que el maestro de guardia era otro, alguien menos joven que el del día anterior.

Le entregó la bolsa con sus pertenencias. El nuevo maestro lo miró, tomó un papel y le preguntó su nombre, lo anotó y luego le pidió su dirección de residencia, lo anotó y le hizo señas para que se fuera a la sala con el resto del grupo.

Andrés saludó a todos en general y se fue a sentar en la última silla del salón.

El maestro se sentó en un sillón que era solo para ellos. De pronto, Andrés se levantó de su silla y se dirigió rápidamente al cuarto; todos miraron extrañados porque eso era contra las reglas.

El maestro al verlo también se levantó y se fue al cuarto con la intención de reprenderlo. Miró a Andrés sentado en su cama llorando.

Se sentó a su lado.

—No te preocupes —le dijo—, todo pasará. Quédate allí un rato, cuando te sientas mejor, vuelves a la sala.

Andrés no lo sabía, pero justo a esa hora, Sandra lloraba amargamente cuando se enteró de que a Andy no lo habían dejado en libertad.

 

Ese sábado, eran las 10:15 de la mañana cuando le pasaron un papel al maestro de guardia. Este llamó a cuatro jóvenes donde incluían a Andrés. Se colocaron en fila. Andrés hizo un gesto interrogativo al gordo.

—Visita —respondió.

Comenzaron a caminar por el pasillo detrás de la persona que los fue a buscar. Fueron a otra sala con sillas alineadas contra las paredes. Había cerca de unos dieciocho familiares esperando.

Vicenta, su madre, hizo señas para llamar su atención. Era la segunda vez que sonreía en cuatro días. Lo abrazó con todo el amor de una buena madre.

—Hola, Hijo.

El cerró los ojos disfrutando la cercanía de su madre.

—¿Viste a la señora Martina?

Hasta ese momento no se había percatado de la señora Martina. Se acercó a ella y también la abrazó.

La señora Martina era una vecina. Una española de verbo fuerte que vivía, unas casas más abajo, junto a su esposo y sus cuatro hijos. Ellos le llamaban “La Nana”. Era querida por pocos gracias a su forma tan frontal de decir las cosas. Apreciaba mucho a Andy, de hecho, ella decía que Andrés era su hijo putativo.

—¡En pocos días sales de aquí! —sentenció Martina.

—Si, hijo, ya la abogada consiguió la orden, pero el juez la firmará el próximo lunes —informó la madre.

—¡Vamos a demandar al padre de Sandra por hijo de puta! —aseguró Martina—. ¡Hacerte eso a ti que eres un pan de Dios, que no te metes con nadie! Y hacerle esa afrenta a su hija —culminó haciendo un gesto con los labios mientras movía la cabeza negativamente.

Andrés miró a Vicenta.

—La abogada insiste en que debemos demandar.

—Mamá, ¿has hablado con Sandra?

—Si, hijo. Ella no está bien. Me comentó que había dicho toda la verdad y que tú estabas justo al lado, pero no se podían hablar.

—Sí, así fue. Contestó a todo lo que le preguntaron… con su característico genio.

—¿Has tenido algún tipo de problemas?

—No. Estoy con personas más o menos de mi edad. Un muchacho que se robó unos relojes. Otro que asaltó a algunas personas. Pero el que luce peligroso es el menor, pareciera que el correccional no le hace nada. De hecho, cuando llegué aquí lo habían recapturado porque se había escapado dos días antes.

—¿Se había escapado de aquí?

—Sí.

—Cuídate hijo.

—No te preocupes mamá, estaré bien. Dile a papá y a mis hermanos que los extraño.

 

 

El martes, a media mañana, estaban todos en la sala viendo televisión, solo el gordo estaba leyendo una novela de wéstern y Andrés mirando un libro que ya había leído años atrás.

Habían tocado la puerta y le entregaron un papel al maestro, era el mismo maestro que estuvo cuando Andy llegó. Leyó el papel. Se fue un momento al cuarto, hizo algunas cosas allí y luego se colocó bajo el arco de la puerta, y se dirigió a Andrés.

—Duval, escucha lo que te voy a decir: cuando salgas de aquí, no hables de lo que aquí viste, de lo que aquí oíste y menos de quienes aquí están. —Le mostró el papel que le acababan de dar—. Cámbiate de ropa que te vas.

—Para dónde me llevan ahora.

El maestro sonrió.

—Te vas para tu casa.

Andrés corrió al cuarto, la bolsa con sus pertenencias estaba sobre la cama. Se quitó el short, la franela y se colocó su ropa. Literalmente, estuvo listo en cuatro minutos.

—Llévate el short y la franela —indicó el maestro.

Se devolvió, los tomó y se dirigió a la puerta.

La persona que lo esperaba, retomó la boleta que antes había llevado. Andrés, sin despedirse de nadie, lo siguió.

En la sala de visitas estaban su madre y la señora Martina. Las abrazó a ambas.

—Vengan por aquí —indicó el que llevaba su orden de salida. Abrió dos puertas, la última conducía a la calle—. No te quiero volver a ver por aquí. —expresó mirando a Andrés.

 

 

Luego de cuatro días, para evitar problemas, Andrés y Sandra, no se habían visto. De hecho; se lo habían prohibido a ambos. Andrés ni siquiera había ido al colegio a explicar su caso, apenas se asomaba a la puerta de su casa.

Rodrigo ya no iba donde Andrés, suponía que los padres de este, estaban molestos con él, porque, aunque se lo preguntaron muchas veces, mantuvo el secreto, él nunca dijo que Andy y Sandra se habían ido para Requena.

Fernando, el tercer hijo de la señora Martina, era buen amigo de Andy. Fue a visitarlo, no era nada fuera de lo común que lo hiciera. Esta vez entró y frente a la señora Vicenta le dijo a Andrés que La Nana quería que fuera un momento a su casa, para que se midiera una camisa que le había comprado.

Andrés miró a su madre. Vicenta realizó una mueca de duda y eso le bastó a Andy para dirigirse a la casa de La Nana.

Al llegar, la puerta estaba abierta y Andrés entró. Nana estaba de pie muy cerca de su habitación.

—Entra al cuarto —le indicó la señora Martina—, mira si te gusta, está sobre la cama.

Apenas se asomó; vio al amor de su vida. Martina lo había arreglado para que se encontraran.

Se abrazaron como nunca. Sandra lloró y Martina derramó un par de lágrimas que secó inmediatamente con el reverso de su mano. Después de abrazar a Sandra, miró a Martina con agradecimiento.

—Me llamó y luego me dijo que esperara aquí —explicó Sandra entre sollozos— y pensar que yo apenas la saludaba.

Andy la abrazó de nuevo. Ambos destilaban ese característico amor simple, sencillo, lígrimo de adolescentes profundamente enamorados. Era como si no existieran otras personas en el mundo, como si quisieran que el sol no cayera nunca y que el tiempo se detuviera. Sandra lloró nuevamente.

—Perdón, Andy— sollozó. —Me duele todo esto que has pasado por culpa de mi papá.

Andy la tomó por la barbilla y la besó como si no hubiera mañana, deseando que la dulzura de ese gran amor que sentían entre ellos, se convirtiera en un bucle infinito, que fuera la luz que iluminara esa temporal oscuridad.

—¡Te amo Sandy! —dijo él finalmente.

—No nos separarán, ¿verdad?

—¡Claro que no! —Aseguró Andrés, aspirando con vehemencia que el tiempo detuviera su camino—. Nosotros continuaremos ascendiendo por la escalera de nuestras vidas. En ese sombrío lugar —enunció—, cada vez que me buscaba a mí mismo para no perderme en la desolación; a quien encontraba era a ti. Nosotros somos uno. —Y la volvió a besar.

Martina, que estaba justo al lado, se sopló la cara con su mano derecha para evitar otra lágrima.

—Bueno, ya se vieron —interrumpió—. Andy, ve a tu casa. Ya sabes, la camisa te quedó muy grande —dijo sonriendo—. Y tú, Sandra, esperarás un buen rato aquí, para que vayas a la tuya.

 

Luego de un tiempo, las cercanías y los encuentros entre los enamorados, se normalizarían, aunque Andrés, nunca más pisaría la casa de Sandra; era ella quien visitaba a Andrés en la suya, inclusive hasta altas horas de la noche.

Por supuesto, Andrés evitó, por todos los medios, un encuentro con el padre de Sandra.

 

Después del episodio de su injusto encierro, a Andrés le comenzó un terrible y doloroso caso de acné que fue desvaneciendo el otrora atractivo de aquel rostro; inclusive, le causaría marcas para toda la vida.

La pérdida del año escolar, más los cambios que vinieron con ese indefinido paso de su adolescencia, a la juventud y luego a una adultez temprana, fue transformando la relación. Aunque seguían amándose como siempre; obviamente, ya no se veían como el par de adolescentes enamorados que un día decidieron fugarse para estar juntos.

Ya con dieciocho años, su papá le consiguió un empleo en el Banco Ballesteros. Andrés Comenzó como office boy, descubriendo un mundo diferente a su cotidianidad. Eso incluía conocer personas, nuevos amigos.

Al mes fue ascendido y asignado a un equipo que se encargaba de la labor que involucraba los movimientos diarios de las cuentas de los clientes del banco, un tipo de trabajo que suponía salir tarde. Eso supuso que él y Sandra solo se veían los fines de semana.

Igual, disfrutaban su tiempo juntos, aunque era menester que él tuviera un empleo, si esperaban llevar adelante su proyecto juntos.

Tal vez se trataba, sencillamente, de que Andy distribuyera su tiempo entre Sandra, el trabajo; que lo obligaba a estar hasta las ocho o nueve de la noche, las nuevas amistades y las novedosas invitaciones que también le surgieron.

Sandra comenzó a llamarlo a su trabajo en las noches. Siempre la atendía; pero las llamadas se hicieron incompatibles con su trabajo, porque se extendían innecesariamente; motivo por el cual, recibió una amonestación por parte de su jefe. El mundo no ideal es diferente. Andrés le hizo saber a Sandra el problema que le había generado las constantes llamadas.

Sorpresivamente, ella comenzó a llamar a Aníbal, un compañero de trabajo de Andrés, con la idea de que Andrés supiera que estaba llamando, pero no para hablar con él. No obstante, en la tercera oportunidad, sin querer, Aníbal demostró con gestos que le eran incómodas esas llamadas porque le hacían perder su tiempo. Ese hecho provocó que, con el fundamento de que ya se lo habían participado, despidieran a Andrés.

El suceso, no solo preocupó a Andrés, sino también a sus viejos amigos. Se instalaba algo que perturbaba la relación y que comenzaba a distar de la manera como ellos eran.

No había ninguna razón para los celos, pero había surgido algo en el temperamento de su novia. Ahora se enojaba con relativa facilidad por pequeñas cosas; aunque ella, seguía siendo el amor de su vida.

El incidente con Aníbal en el trabajo y su posterior despido, fue un síntoma. Tal vez no el primero para conjeturar que Andy no estaba equivocado en esa especie de posesión que significaba para su novia de siempre. Aunque él se consideraba fuerte para cargar, también, con eso.

Pero poco después, hubo una situación que realmente preocupó a Andy y a su entorno familiar. Asomaba una sombra que laceraba la herida emocional abierta con la detención de Andy. Sus padres estaban preocupados de que no sucediera otro incidente, sobre todo considerando que el padre de Sandra había interceptado al de Andy en la calle para “exigir” que Andrés y Sandra se casaran. Eso era un asunto en el que la mamá de Andrés había respondido con un no rotundo.

Andrés no lo había comentado a nadie; pero Octavio Torrens había intentado, en dos oportunidades, embestirlo con su automóvil en la calle. Tal vez era solo para asustarlo, pero fueron descabellados hechos potencialmente peligrosos. Ambas acciones sucedieron cerca del instituto donde Andy se había inscrito para un curso nocturno de contabilidad, mientras trabajaba como vendedor ambulante de aspiradoras. Ya Torrens sabía dónde estudiaba Andrés y eso le preocupaba mucho, no quería tener un enfrentamiento con esa detestable persona.

No obstante, un acontecimiento redefiniría el futuro.

El siguiente sábado hubo una fiesta en la casa de Enrique. En la sala de baile había una luz muy tenue que teñía de romanticismo el ambiente.

Todo el mundo bailaba las conocidas baladas. Sandra y Andrés bailaron mucho, también lo hicieron con algunos amigos y amigas. Todo acontecía como se esperaba. Hasta las dos y treinta y siete minutos de la madrugada, había sido una velada divertida donde estuvieron reunidos muchas de esas amistades de siempre.

Sandra fue por un refresco, Andy se ofreció a buscarlo, pero ella le hizo señas para que se quedara sentado hablando con un amigo. Seis segundos después, cómo en una sincronización, comenzó a sonar una suave canción de moda y Holanda invitó a bailar a Andrés.

Cuando regresó Sandra, se colocó justo al lado de los bailarines.

Solo se apreció, fugaz como un relámpago, una mano que le propinó una sonora bofetada a Holanda.

—¡Perra! —se escuchó.

Andrés inmediatamente se separó de Holanda, abrazó a Sandra y se la llevó afuera, a la calle.

¡No podía creerlo!

La condujo unas casas más arriba y se sentaron en la acera.

Ella no decía nada.

Él tampoco.

Se quedaron unos minutos en silencio.

—¿Por qué hiciste eso?

Andrés, más que molesto, estaba preocupado.

Ella no respondió.

Entonces, la miró. Esperando una contestación.

—¡Esa perra te anda buscando! —Exclamó finalmente.

—No es así. ¿Por qué te expresas de esa manera?

Guardó silencio mientras Andrés la miraba.

—Yo soy mujer y sé que te anda buscando. Además —fustigó con sarcasmo—, recuerda que ustedes tuvieron algo.

Andrés tomó aire. Era repetir algo de lo que ya habían hablado antes.

Frente a ellos pasaron un par de parejas que venían de la fiesta y al verlos rieron.

Él los miró sin darle importancia.

—Lo que tuvimos fue antes de ti. Tú lo sabes, eso fue un flirteo, algo pasajero.

—Sí, también tuviste uno de esos flirteos con la loca a quien tú perseguías que; por cierto, fue la primera vez que te vi.

Aunque no solía hablar ni recordar esas cosas, Andrés supo que hablaba de Carmen Alicia.

—Eso fue antes de Holanda, que fue antes de ti. Y no la perseguía —aclaró—, intentaba que no fuera hacer algo loco. Con ninguna de las dos hubo algo serio —puntualizó.

Sintió la respiración profunda de Sandra.

Se quedaron en silencio nuevamente.

Pasó otra pareja frente a ellos y también sonrieron divertidos.

—Te voy a decir algo —anunció Andrés—: yo nunca, jamás            ; te he dado motivos para que tengas celos. Todo el mundo sabe que somos novios. Probablemente, somos los novios más conocidos de toda esta comunidad y la verdad es que es un amor difícil de encontrar, hemos pasado por muchas cosas; pero lamentablemente estamos en un punto donde…

Ella no había estado mirándolo, pero en ese momento giró con violencia su cabeza hacia él.

—¿Dónde qué?

—Sandra, tú sabes que yo te amo como a nada en el mundo, pero hay…

—Pero, ¿qué?

>>¿Pero, ¿qué? —insistió levantando un poco el tono.

—Bueno… de eso se trata, creo que…

—¿Estás terminando conmigo?

Andrés no contestó. Solo la miró. Pero, por primera vez desde que estaban juntos, contempló la posibilidad de una separación, aunque momentánea, temporal.

Pensó que era prudente, sobre todo para ella, suspender la relación. Ella había cambiado mucho, hasta en el aspecto físico.

En ese momento, Holanda, junto a tres amigas, pasaron frente a ellos. Sandra la miró con rabia. La siguió con la vista hasta que desapareció unas casas más abajo. Muchos años después, en una reunión; Holanda sonriendo, le recordaría ese episodio a Sandra, quien solo asintió pensando que era un comentario insulso.

—Mira, Andrés Duval —le dijo, tratando de ser amorosa; pero con el dedo índice levantado—, yo solo te estoy cuidando. Yo te amo, tú lo sabes, y nadie te va a separar de mí. Hace unos momentos —continuó— comentaste que un amor como el nuestro es difícil de encontrar y, ¿lo vamos a dejar escapar?

Andrés vio las lágrimas asomarse en los ojos de Sandra. La tomó de la mano. En ese momento recordó aquella Navidad en que se juraron amarse siempre, pero sentía que aquel dulce amor había cambiado su sabor.

—Vamos, te llevo a tu casa.

Y, calle abajo, se fueron abrazados por la cintura.

 

En la mañana el comentario acerca de la bofetada, se habría propagado a velocidad de chisme.

Muy temprano, la señora Vicenta y su esposo habían acordado que lo mejor era que Andrés se fuera, por un período, donde un tío que vivía en Tenerife. El temor se cernía sobre ellos, y tras los acontecimientos, querían evitar que el padre de Sandra pudiera intentar alguna otra artimaña y culpabilizar a Andy por la conducta de Sandra. No querían que se repitiera un evento parecido y desagradable como su injusta detención.

Se lo comunicaron a su hijo. Él, siempre obediente; pero esta vez con dolor, asintió con la cabeza. Pensó que él y Sandra habían llegado muy lejos como para dejarlo todo atrás; no obstante, recordó que, inclusive Rodrigo y un amigo común, le habían dicho que, debido a esos repentinos ataques de celos, era bueno probar una separación por unos días. Realmente no entendía el porqué de la conducta de su amada.

 

Esa dominical tarde, Sandra se acercó a la casa de Andrés y silbó para que este saliera.

Dentro, los padres se miraron. Ambos sabían que la pregunta que se formulaban mentalmente era: ¿Quién se lo dice?

—Sandra, está llamando a Andrés —refirió uno de sus hermanos, mientras tomaba café. Ese hermano había decidido que no sería él quien iba a decírselo.

Sandra volvió a silbar.

La madre de Andrés salió.

—Hola, Sandra.

—Buenas tardes, señora Vicenta. ¿Y Andrés?

La señora Vicenta, cambió su expresión.

—Andrés no está.

Claramente, Andrés podía haber salido por allí cerca sin que ella lo supiera, no era algo insólito. No obstante; a Sandra le extrañó el ademán de la señora Vicenta. Evidentemente, si estuviera cerca, ya se lo habría dicho. Un aspecto desconocido estaba presente.

—¿No está?

La señora Vicenta, contestó negativamente moviendo la cabeza.

Un instintivo temor se apoderó de Sandra.

—Señora Vicenta, y… ¿Dónde está?

Ese silencio que, muchas veces presagia desagradables noticias, las envolvió.

—¡Señora Vicenta! —exclamó en espera de la respuesta.

La madre de Andrés había bajado la cabeza, recordando que, en su juventud, un novio la había abandonado y había dolido mucho. Sabía que a Sandra le sucedería algo parecido.

—Sandra —dijo en tono maternal—, nos pareció que lo más prudente era que se tomaran un pequeño receso…

—¿Un pequeño receso? —interrumpió.

—Bueno, Sandra, es una manera de decirlo.

>>En los últimos tiempos ha habido cambios en las actitudes, y las cosas entre ustedes dos han cambiado mucho —continuó la madre de Andrés—. Su relación se ha transformado de algo tan bonito y loco —en ese momento se le escapó un diminuto sollozo que intentó soslayar con una incipiente sonrisa—, a convertirse en algo no llevadero, con consecuencias, inclusive para terceros. Así que creemos que es prudente tomarse un receso, un distanciamiento para…

—¿Creemos? ¿Quién lo cree?

>>Señora Vicenta: ¿dónde está Andrés? —insistió.

Vicenta respiró profundo.

—Andrés estará fuera del país por unos días.

—¡Me dejó! —gimoteó Sandra.

La señora Vicenta intentó abrazarla, pero Sandra dio un paso atrás evitándola.

—¡¿Dónde está Andy?! —preguntó llorando.

—Estará fuera por unos días.

Sandra se puso las manos en la cara y corrió a su casa.

Vicenta sintió su propio dolor, el de Sandra y el de su hijo; no obstante, intentaba reconfortarse en la idea de que era una buena decisión, y una separación, no significaba necesariamente terminar la relación.

Por alguna extraña razón, Sandra se había convertido en un puñado de celos, aun cuando Andrés no le había dado nunca ni un solo motivo.

Él soportó la situación por un largo tiempo, pero alcanzó una fase en la que la situación se había convertido en un gravoso peso, no solo para ella y para él, sino también para su familia, y eso lo llevó a condescender y optar por la dolorosa decisión.

 

 

Aunque el tiempo había pasado y su tentativa de contacto fue infructuoso, el deseo de Andrés de compartir todas las madrugadas de su vida con Sandra, se mantenía intacto.

Recordaba a su novia de la adolescencia, de aquellos tiempos cuando, en frías noches, miraban abrazados el mismo sitio en el firmamento.

Optó por esconderse del dolor que le causaba esa separación forzada que suspendía aquel sueño adolescente de amor eterno. No quería ser un alma libre vagando en un cuarto en largas y soledosas noches. Así que, en su pena, intensificó la escritura, esta vez con la firme intención de ser publicado. Ella sería su musa.

Por su parte, Sandra sentía que una luz negra había envuelto su corazón. El lacerante dolor vaticinado pasó a convertirse en centenares de dudas, cayendo, por un largo periodo, en un abismo de desolación sin fondo.

Con el tiempo cedió ante el hecho de que Andrés nunca le había dado ni un solo motivo para sospechar de él; así que, estaría en otra parte esa invisible y extraña razón que la había convertido en una novia celosa.

Consintió en que, por largo tiempo, Andy soportó la situación. También era cierto que llegó un momento en que eso se había convertido en un pesado fardo para ella, para él y también para su familia; y eso lo había llevado a convenir en aquella penosa decisión.

En las oportunidades que se sentía aprisionada entre la ciudad y la luna, se lamentaba de la vez cuando recibió una llamada de él, y al reconocer su voz, eligió cerrar el teléfono sin responderle.

Infortunadamente, esa llamada no se repitió.

Desde entonces, arrepentida, continuaba atrapada entre su oculta esperanza de una hipotética emulación de la inolvidable adolescencia o continuar en la cofradía de quienes confían encontrar, algún día, a alguien que diera vuelta a su corazón.

Aunque había tenido algunas conquistas y varios pretendientes, nada duraba, y no estaba segura de si conocía o, sencillamente, quería ignorar la razón. Tal vez el fundamento estaba en aquellas palabras de Andy: “Lo que somos nunca morirá”. Aunque, ya habían transcurrido ocho años.

 

 

—¡Deberías leer este! —dijo Susana al tiempo que lanzaba un libro sobre el regazo de Sandra—. Creo que se parece mucho, para no decir, que es la historia de ustedes dos.

Andy Duval, era el nombre del autor.

Con calma le dio vuelta al libro y se consiguió con lo esperado: era él, solo que, en esta foto, llevaba barba.

Hasta ese momento, Sandra nunca quiso leer ninguna de sus obras. No obstante, aunque le repetía a sus amigas que no quería leerlos, estas le hacían spoiler. Pero en esta oportunidad, Susana se abstuvo de hacerlo.

—Solo te diré dos cosas —anunció—: la primera es que la dedicatoria tiene dos palabras.

Guardó silencio. Lo hizo ex profeso.

Sandra la miró expectante.

—En realidad, una letra y una palabra —avivó Susana.

Nuevamente, dejó que el mutismo las abrazara.

Los ojos de Sandra reflejaban curiosidad, pero intentaba mostrarse impasible.

—“A Sandy” —desveló finalmente Susana.

Una inesperada dosis de estupefacción operó un pequeño desorden en la respiración de Sandra. Susana, al ver el preludio de una incipiente lágrima en los ojos de su amiga, se contagió con la misma emoción.

—Y la segunda cosa —continuó Susana— es que el viernes estará firmando libros en uno de los salones del Hotel Silvestrini —informó animada—. Así que, ponte el vestido verde que no has estrenado y ve allí a decir que tú eres la Sandy de la dedicatoria.

>>Compré ese ejemplar para ti —aclaró señalando con sus labios el libro que había arrojado sobre el regazo de su amiga—. Ya tienes el libro, lo que espero que no tengas, es una excusa para no ir—concluyó.

Sandra asintió suavemente sin levantar la cara del libro. Susana no estaba segura de que fuera una respuesta.

—¡Sandra, por Dios! ¡Tienes que afrontar ese pasado!

Sandra se quedó pensando, abrumada por un torbellino de emociones que la poseyó.

—Total, ¿qué puedes perder?

Luego de unos segundos, apenas susurró:

—Quizás tengas razón. Tal vez es hora de revisar… o concluir eso.

Susana suspiró lentamente, cerrando los ojos y asomando una sonrisa. Se abría una puerta.

— Es su cuarto libro. ¿Lo leerás?

Sandra respiró profundo.

—No. Pero iré.

—Al menos quítale el plástico de la envoltura —sugirió Susana.

Sandra asintió con la cabeza, miró a su amiga y se quedó pensativa un momento. Estaba claro que se le había pasado el tiempo, asida a un recuerdo o… a una esperanza.

—Susana… ¿Te dije que jamás he vuelto a comer un pan tostado con guacamole como los que comí con él durante esos días cuando nos escapamos?

—¿Qué? —preguntó su amiga confundida— No. Nunca me dijiste nada de eso.

—Nos las preparaba su abuelo.

—¡Ve! —concluyó Susana, retirándose y señalando el libro con su índice derecho.

En realidad, después de la fallida llamada, Andy no volvió a intentarlo, entendió que ella no quería saber nada de él. Allí surgió su idea de escribir su historia común. Sería un libro para ella, una forma de reconocerla.

Y ese ejemplar, que ella tenía en su mano, cambiaría su cotidianidad.

 

 

En la firma había una respetable fila; no obstante, Sandra se formó.

Cuando llegó su turno, estaba bastante nerviosa. No se habían visto ni hablado durante esos largos ocho años.

Volvió a sentir las mariposas en su estómago, las mismas mariposas que, en alguna oportunidad, aseguró que se habían convertido en gusanos.

—¡Siguiente! —exclamó la chica vestida de rojo que dirigía el proceso de firmas.

El autor, sin mirar, extendió su mano y Sandra colocó el libro encima.

Andrés puso el inmaculado ejemplar sobre el pequeño escritorio y lo abrió en la primera página, dispuesto a escribir una de las dedicatorias del repertorio que solía escribir.

<< Todavía te sueño —se sorprendió ella pensando—. ¡Mírame, por favor!

—¿Tu nombre?

—Sandra Torrens.

Con una lentitud que pareció infinita, Andrés levantó su rostro y la miró. Justamente, por un segundo.

Ella, muy adentro, esperaba ver un brillo especial en sus ojos, como la del mendigo que encuentra un billete en la calle. Sin embargo; ese lienzo marcado por el acné de aquellos años; ese mismo rostro que aún navegaba en sus sueños, se le antojó impasible, sin reminiscencias.

Andrés no firmó inmediatamente, tocó dos veces la hoja con la punta de su bolígrafo. Pestañeo, buscó la tercera página y comenzó a escribir la dedicatoria.

Después de un par de minutos, la dama de rojo lo miró.

<<Ni siquiera me recuerda —pensó Sandra— ¡No me recuerda!>>.

—¡Siguiente! —exclamó la chica que dirigía la firma de libros.

—Gracias —dijo Sandra a secas tomando el libro y guardándolo con saña en su bolso mientras se encaminaba hacia la salida.

—¿Tu nombre? —alcanzó a escuchar a Andrés preguntar a la chica que la había sucedido.

Sandra se alejó de allí con una conjunción de molestia y tristeza.

El dolor se había exacerbado ante la evidencia de la inexistencia de su amor de princesa.

<<Una ridícula pretensión —se fustigó a sí misma—. Una monumental estupidez>>.

Sin duda, se había equivocado.

Se sintió como una niña.

Qué tontería, a esa edad, seguir creyendo en amores de cuentos de hadas.

<<Después de todo —se dijo a sí misma—, eso sucede solo en las historias que él escribe>>.

Y no era una total inexactitud; ese cuarto libro que escribió Andrés, bordaba una mágica combinación que estuvo, por mucho tiempo, en los rincones de su mente. Allí donde habitaban dos personajes que vivían su amor. Justo el amor que describen los poetas. En consecuencia, era correcta la apreciación de Susana: esa era la historia de ellos dos.

A Sandra se le escaparon un par de rebeldes lágrimas. No estaba segura si era el dolor, la rabia o la indignación.

Se sentía como una diminuta pintura en blanco y negro que pasa inadvertida en un frío y desolado museo. Quería acallar la vocecita de lo que pudo ser.

—¡Coño! ¿Seré yo la única mujer que ama de esta manera?

>>No lo puedo creer… —se repitió en voz baja—. ¡No me reconoció!

Presa de una triste furia, sospechó que esa dedicatoria era una de esas trilladas fórmulas utilizadas para ocasiones como esa.

Cerró los ojos y tomó aire.

No había dudas, la adolescente de aquella historia juvenil estaba triste. Pero la mujer del presente entendía que lo ocurrido, estaba dentro de las posibilidades que existían cuando decidió acudir a verlo. Muy dentro, siempre supo que todo había sido solo una ilusión dormida sobre una esperanza.

<< ¡Pendeja!>> Se dijo a sí misma con malestar.

Ya era hora. La hora definitiva de cerrar ese largo e inacabado episodio en su vida.

No podía mentirse, era el ocaso. El sol había caído sobre su exclusiva; pero improbable historia romántica. Optó por creer que siempre fue la ilusión de una adolescente enamorada.

También entendió que lo suyo, no era un romance inconcluso; definitivamente, era un amor muerto. Un amor fallecido en los largos brazos del tiempo. Era el desenlace que descansó sobre una promesa de adolescentes. Y muy adentro, en un resquicio de su alma, sabía que era menester instalar alguna hipotética, pero necesaria tranquilidad, ya con conocimiento de que el amor de su vida, no era tal.

Fue una estúpida idea y ya era hora de cerrar la puerta que, paradójicamente, le abriría otras para enamorarse nuevamente. Ahora sin la presión de aquella ilusión infantil. Era hora de considerar propuestas sin ningún fantasma del pasado.

Ya en la calle, sacó un amarillejo y manoseado papel donde, cinco años atrás, con su conocida mezcla de rabia y tristeza, le había escrito algo a Andrés; aunque nunca se lo había mostrado a nadie.

Lo leería por última vez:

“Ayer en la mañana, estuve invitada a una reunión de trabajo. Llegué al lugar muy temprano, razón por la cual pude observar que la señora que limpia, estaba sacando lo que había sido un ramo de flores.

Mientras hacía mis conjeturas acerca del posible motivo por el que alguien pudo haberlo enviado, vi que la señora barría un montón de pétalos, todavía rojos, que se habían desprendido de lo que había sido una rosa. Y pensé en la rosa.

Una rosa que tuvo un precioso color.

Una rosa que tuvo un delicioso aroma.

Una rosa que tuvo un espectacular néctar que una abeja probó.

Una esplendorosa rosa que ahora solo era un montón de pétalos inertes en el piso. Era, en esencia, una rosa muerta.

Mis ojos se inundaron de ayeres; pues, no pude dejar de relacionar aquella rosa muerta con lo que una fue vez un gran amor.

Yo miraba como los pétalos eran barridos, igual que lo fueron mis sueños contigo, mis esperanzas contigo, mis ilusiones contigo; mi futuro contigo.

Respiré profundo, evitando la inundación en mis ojos. ¿Sería que quien envió las flores no contempló que la rosa no duraría para siempre? Después de todo, la eternidad no existe.

Vi alejarse el último pétalo y pensé en la cantidad de personas que juran amor eterno sin la certeza de mantener su promesa. No obstante, sigo creyendo que existen quienes lo intentan para toda la vida. Claro; Andy, tu no estabas en ese selecto grupo”.

 

—La rosa está muerta —susurró amargamente.

Esa reflexión en voz alta y a solas, fue como enterrar el pasado.

De pie, en la puerta del hotel Silvestrini, veía a los transeúntes que pasaban como si no estuviese ocurriendo nada.

Por un pequeño intersticio entre las lágrimas que rezumaban reminiscencias, miró un cesto de basura que había en la acera, y hacia allí se dirigió.

Con tristeza rompió el amarillento papel que había escrito años atrás y sabiendo que nunca lo entregaría, lo lanzó al gran cesto de basura.

Con dolor, también arrojó lo único palpable que por tanto tiempo había conservado de aquella relación, de aquel sueño de su adolescencia: un viejo y manchado aro que alguna vez fue parte de una lata de Coca-Cola.

—Cumplí mi promesa —susurró—, yo te busqué.

Miró con distanciamiento el libro, pues un libro no es como una carta que puedes meter dentro de otro sobre y devolverla a su emisor para que sepa que nunca la leíste. De manera que, sin abrirlo, también lo arrojó a la basura.

El amargo soliloquio no aligeró su impenetrable pena, pero si había dado paso al razonamiento. Finalmente, decidió aceptar que, aunque seguía enamorada, ella había tenido bastante culpa o, al menos, responsabilidad en lo sucedido. Y todo gracias al montón de inseguridades que le generó la experiencia vivida por su madre como consecuencia de la conducta y posterior abandono de su padre por otra mujer.

En realidad, fue su cerebro reptiliano que en todas partes veía una amenaza con capacidad de invadir su territorio; tal vez comprensible porque era por amor, y el cerebro reptiliano no piensa, solo reacciona. Pero había obviado al cerebro límbico y al neocórtex, que permite razonar, entender, y lo más importante: elegir; porque si aprietas mucho, asfixias.

El hecho fáctico lo constituía que Andy no era, para nada, como el padre de Sandra. Andrés siempre demostró ser un hombre amable, generoso, sensible y fácil de amar. De hecho; cuando Andrés se fue, impulsado más por la esperanza de la tranquilidad de Sandra que, por la presión de sus padres, lloró por muchos días. Bajó de peso y llegó a pensar que era más fácil morir que vivir con el dolor de no tener a su Sandra, y un día intentó aquella fallida llamada. Pero, como su pena no moría como la tarde, y perdido en su aislamiento amoroso, decidió estudiar para escribir de manera profesional, y algún día plasmar en papel la historia de ellos dos con su imaginable final. Y, justo ese, era el contenido de su cuarto libro.

No obstante, los años pasaron y la realidad parecía ser diferente a lo que Sandra había soñado; así que, desde ese momento, ella sería una mujer libre. Mental y emocionalmente libre. Lista para vivir su propia experiencia y no la de su madre… Aunque ya no con Andy.

Ahogó un sollozo. Se alisó el vestido y dándole definitivamente la espalda a lo viable, sacó su smartphone del bolso y se alejó rumbo a lo cotidiano.

 

Un par de horas después de aquello, Andrés salió un poco ansioso de la firma de ejemplares.

Declinó una invitación a cenar con su editora y se fue al Atrium; el café donde, años atrás, había tenido tantos momentos felices.

Reconocía que era un romántico empedernido y le gustaban los finales que escribía. Pidió un capuchino y se sentó a juntarse con su futuro.

Allí se quedaría mucho tiempo en tristes cavilaciones de poeta, pensando en las razones por las que el gran amor de su vida; ese que había descrito tantas veces en sus novelas; especialmente en la más reciente, no estaba allí.

 

Más temprano, un indigente, sentado cerca de la entrada del hotel, había visto como Sandra, con rabia, lanzó algo al cesto de basura en la calle, y mientras la observaba irse entretenida con su smartphone, se acercó e introdujo la mano en el canasto y sacó el libro.

Se dio cuenta de que era nuevo, lo abrió y leyó la dedicatoria:

En el estéril terreno de lo pronosticable, esperaba que vinieras aquí. Mi pensamiento te trajo. Te sigo pensando. No sé si estás casada o no, pero quiero pasar el resto de mi vida contigo, sirviéndote cada domingo el desayuno en la cama: pan tostado con guacamole del abuelo. Estaré esperando, esta tarde a las cinco en el Atrium, nuestro café de siempre. Me encantaría verte entrar por la puerta del Atrium y, como en una película muda; que te detengas frente a mí; para entonces, bajo la influencia de tus labios, besarte por todos los años que no lo hice. Por supuesto; si no acudes, entenderé que es tarde”.

—¡Qué dedicatoria tan cursi! —exclamó el indigente—. Pero el libro es nuevo, tal vez me den un par de billetes por él.

Lo colocó debajo de su brazo izquierdo y se alejó calle abajo. Sin imaginar que, bajo su axila, estaba el triste epílogo de una hermosa historia de amor.

 

Fin

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